La academia, muy desvirtuada en las artes plásticas: Reynaldo Velázquez Zebadúa


Su mirada, su voz y sus ademanes son tranquilos, quizá porque como escultor y pintor ha aprendido a ser paciente en la realización de cada una de sus obras.
Da la impresión de ser un hombre tímido, a pesar de que buena parte de su obra está dedicada al cuerpo humano –sobre todo el de los varones–, desnudo, natural, sin nada vergonzoso que ocultar; o tal vez Reynaldo Velázquez Zebadúa sí sea tímido en realidad y esos cuerpos sean un válido intento de mostrarse menos introvertido.

¿Cuáles fueron tus inicios como artista? –pregunto.

Velázquez Zebadúa ve al vacío, como si por el aire pasaran sus recuerdos.

–Comencé a dibujar desde que era muy chiquito. Supongo que era, y sigue siendo, una necesidad de expresarme –dice pausadamente–. Obviamente de niño no estaba consciente del curso que iba a tomar mi vida. Pero poco a poco fui intuyendo, sólo intuyendo, el camino que tenía que trazarme como artista, primero echando mano, insisto, de la intuición, de lo que veía en libros, en revistas y en mi imaginación. Y luego encaminándome a lo académico, a las aulas, que es donde se comienzan a teorizar y practicar las artes de manera digamos que seria, con disciplina.

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