La sinfonía de Heberto Morales


Hay amistades que se crean al calor de la diaria convivencia: porque se asiste a la misma escuela, porque se coincide en ciertos gustos artísticos o deportivos o porque se comparte cierta vecindad. Lo que he descrito tiene que ver con el estar frente a frente. Dos personas se miran y se caen bien. Así puede surgir una amistad, que quizá dure mucho tiempo. Pero hay otras amistades que prescinden del diario apretón de manos; quizá lo necesiten pero otras son las fuentes que las alimentan. Debo a la firme decisión de inclinarme por la literatura el que el doctor Heberto Morales me favorezca con su amistad.

Lo conocí cuando me encontraba en el Centro Chiapaneco de Escritores. Llegó en agosto de 1992 a hacerse cargo de un taller, cuando aún estaba viva en él la emoción porque se había terminado de imprimir, en la ciudad de México, en los talleres de Miguel Ángel Porrúa, Jovel, serenata a la gente menuda, en coedición con el gobierno del estado de Chiapas, la primera novela del escritor Heberto Morales. “Era un hombre de gran saber y de mucha amenidad en su sabiduría”. Así lo vi…

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