Entre el Águila y el Quetzal Chiapas en dos tiempos expresivos/II


Otro juglar desaparecido, Joaquín Vásquez Aguilar (1947-1994), es un lírida que va desparramando su voz en golpes de humanidad, donde el calor, el mar, los días oscuros, los cambios de estación, se dan la mano con la esencia poética; por lo mismo, su primer poemario, Cuerpo adentro (1977), representa la crónica de su alma vista a través de la naturaleza, la cual le dio su cualidad y calidad estética, sus núcleos axiológicos. Imágenes sugestivas, golpeando el ritmo, la melodía, irrumpen en esta propuesta evocadora de Vallejo. Atmósferas e intenciones creadas en virtud de la sintaxis violentada son las características de Vásquez Aguilar.

Originario de Ocosingo, Efraín Bartolomé (1950) rescata la visión del Idilio salvaje y como Manuel J. Othón canta e invoca a la naturaleza; la convoca para manifestar que su discurso deviene de los astros, como expresaba Huidobro; basta y sobra citar el primer canto de Música lunar (1992) o los poemas de Ojo de jaguar (1990) para signar lo anterior. Lo plástico y sensual de Bartolomé repercute en su imago mundi con acentos neocreacionistas; su expresividad representa una cópula singular con la naturaleza, donde el amor se articula en este entorno. Además se advierte una profunda exaltación, donde la poesía vuélvese unión, comunión, signo sagrado. Lo sacro de la existencia, como tema único poético, se devela en su obra. Por lo mismo, también hay expresiones testimoniales, afirmaciones y contundencias para enmarcarse en el flujo continuo de la humanidad. El ritual del bardo se consuma: el paisaje es una sutil palpitación, la evocación de un rito, una mágica liturgia.

En el caso de José Falconi Oliva (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1954.), su voz es irreal, en apariencia, con un tono descriptivo; grandes alcances observamos en su canto solar: se asemeja a un pájaro que trina una sinfonía infame, la cual alcanza marcadas resonancias en el océano donde reposan los que aman.

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