Ok’il. (Nahuyaca)


Un día más tarde entró al pueblo. Llegó por el Sitio de Doña Blanca, donde un mangal saludaba con su verdor a los pocos viajeros que en esos días se aventuraban por las quebradas de Chajá. No había pasado La Puente sobre el barranco cuando ya había vendido toda la manzanita cuxtitalera que su amigo de San Juan le había regalado para su viaje. De eso no hay aquí, le decía la gente, mientras él contemplaba admirado los bombachos pantalones blancos con manchitas rojas de los totiques y aquellas solemnes enaguas oscuras de bellos bordados rojos con que las mujeres caminaban, con su servilleta para cubrirse la cabeza y el inmaculado blancor de sus huipiles. ¡Otro es aquí!, se dijo. Y en ese momento comenzó a arrepentirse de haber dejado la seguridad de sus altas montañas, su casa, su tata, su mujer, su bankil tierno, su trabajo en los jardines de Jovel. ¡Y doña Chagüita! ¿Y su marido? ¿Dón’ ‘tará, pue, su marido? “En la tierra caliente”, piensa la anciana: “Se fue y ya no regresó. Pero los quesos, las cargas de panela… ahí siguen viniendo. ¡Saber con quién se fue a amancebar!”. Doña Chagüit a lo mira desde una esquina del corredor. El Xalik la mira allí entre esa gente que no es de Jovel. Ella le sonríe desde la esquina de un corredor de su casa: casa coleta, con macetas colgadas de las vigas para lucir sus geranios de todos colores, sus gardenias…

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