Con Andrés Medina: descifrar los senderos del antropólogo


En 1958 el doctor Andrés Medina Hernández tenía 20 años. El año anterior se había inscrito en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. En el verano del 58, viajó por primera vez a Chiapas. A partir de entonces, prodiga con brillantez su fascinación por esta tierra. La diosa fortuna ha hecho que me privilegie con su amistad.

Descifrar los senderos del antropólogo Andrés Medina Hernández fue la intención de las conversaciones que sostuve con él hace unos años, y de las que ahora presento sólo un fragmento. Estos diálogos están aún inscritos en un proyecto incitado por amigos que buscan que se haga una colección con las voces de los antropólogos que han sido importantes para este quehacer en Chiapas. Cuando se preguntó, en una reunión, quién conversaría con el doctor Andrés Medina, de inmediato, levanté la mano para indicar que yo estaba dispuesto a pedirle que me hablara de sus primeros años de vida, de todo aquello que fue capturando en Ciudad de México, donde nació el 18 de enero de 1938.

Hablé con él, en San Cristóbal, en uno de sus tantos viajes. Acordamos la fecha de nuestro encuentro, que coincidía con otra más de sus estancias en esta tierra. Me dijo que deseaba que conversáramos en Na Bolom. Así fue. El director en aquel entonces, el domingo 19 de octubre de 2014, nos abrió las puertas de la casa. Estuvimos en la fría biblioteca que albergó tantos destinos. Ahí estuvo, en el verano del 58, el doctor Andrés Medina sin aún pensar en todas las cosas que le ocurrirían, “como un discípulo aplicado que cree en lo que dijeron los antiguos maestros”. Santiago cuidó de la cámara. Yo accioné la grabadora.
Las conversaciones fueron mostrando las destrezas y las personas, como el maestro Fernando Anaya Monroy y los hermanos Jesús y Maurilio Muñoz, nacidos en el Valle de Mezquital, que llevarían al joven Andrés Medina Hernández a inscribirse en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en 1957. Aparecerían también las lecciones de los maestros. Esos años juveniles fueron descritos en un texto que para recordar a su amigo Gabriel Moedano escribió el doctor Andrés; en ese tiempo, sobre todo a partir de 1959, habría de urdir lazos amistosos con “Gabriel Moedano, José de Jesús Montoya Briones, Noemí Quezada, Roberto Cervantes, María Eugenia Márquez, Silvia Ortiz, Juan Bonilla, Walter Antonio Hope y Lilia Montes” (Medina, “Ánima conquistadora”). Ellos son a quienes más recuerda. En ese texto, el doctor Andrés trazó lo siguiente:

“El espacio en el que se encontraba la ENAH en los años en los que ingresamos era de enorme actividad política, cultural y comercial. La calle de Correo Mayor era un hervidero de actividad comercial, con grandes tiendas que vendían principalmente al mayoreo, la mayor parte de ellas en manos de árabes y judíos; de hecho, en ese rumbo estaban los mejores restaurantes de comida libanesa. A partir de esa calle hacia el oriente se extendía una vasta zona tanto de comercios como de bodegas de frutas y verduras, que tenía su centro en el gran mercado de La Merced, situado sobre la avenida Circunvalación, construida sobre el viejo canal por el que llegaban los productos frescos de la región lacustre de Tláhuac, Xochimilco y Chalco. El olor de la fruta, y de la basura, llegaba hasta el Zócalo mismo; recuerdo que Carlos Incháustegui, estudiante peruano que llega a la ENAH becado para formarse como antropólogo, narraba que su primer recuerdo al llegar a México, y más precisamente al Zócalo, era el olor de naranja podrida procedente del rumbo de La Merced.

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