Presentación. Entre Tejas No.3


Entre Tejas en esta ocasión dedica sus páginas al tema del viaje. El viaje desde las diversas ópticas de la mirada chiapaneca. Pero realizar uno de estos viajes, en estos tiempos de velocidad y apresuramiento, de vértigo, en que las medidas corresponden a los miles de kilómetros por segundo en que hoy día el género humano puede trasladarse, hacerlo, el viaje, en bicicleta, resulta paradójico. Sin embargo, tiene mucho sentido.

En buena medida tiene que ver con un planteamiento alternativo de la vida, heterodoxo, rebelde quizá, contra las estructuras establecidas por la sociedad y el estado capitalista que se conduce a toda velocidad hacia quién sabe dónde. Por eso cuando surgen esos espíritus que relacionan inextricablemente el viaje con la libertad, entonces a nuestros deseos crecen alas. Y a nuestras aspiraciones también. Viajar en bicicleta, recorrer el continente; pero también viajar por el mundo como médico, sin fronteras; o emprender el viaje sin retorno y temerario de la Independencia, como ocurrió en 1824 precisamente aquí en este nuestro Chiapas, viajes todos ellos que son, a final de cuentas, encomiables empresas.

Un buen día llegó a bordo de su bicicleta Richard, neozelandés, proveniente de Alaska, a tierras chiapanecas. Conoció a Julia, comiteca, y como para ir tanteándose dentro de su enamoramiento, comenzaron el primer viaje, éste en bicicleta, a lo largo de todo el paisaje americano hasta tocar los linderos más australes del Continente. Meses ha de aquello. Esto nos cuenta Julia Torres Ventura, sus hallazgos y contrariedades. Los sonidos y colores vistos en esta América nuestra que le inspiró a Neruda, porque hasta aquellas tierras llegaron Julia y Richard, las de las estrelladas bóvedas chilenas, en su Canto General. El otro viaje, el del acompañamiento mutuo por la vida, prosigue en latitudes de Oceanía. En Nueva Zelanda, hacia donde los empujaron los vientos, hasta “la tierra de la gran nube blanca”.

Del otro viajero chiapaneco de que nos da cuenta Esaú Márquez –la vida es un largo viaje, inmerso en circunnavegaciones, lo percibimos un viaje corto cuando concluye, pero tan dilatado en sucesos- trascendió los estrechos límites de su natal Villaflores para ser arrojado por los tempestuosos vientos del arrojo hacia su indescifrable destino, ese caudaloso rio incontenible, que lo llevó a zambullirse en esas corrientes que se esparcen benefactoramente por todo el mundo que es Médicos sin Fronteras. Pero el viaje, pese a las descripciones geográficas, se sitúa mejor y establece sus mayores fueros en ese misterioso material que es el lenguaje humano. Es un viaje a través del idioma, de la literatura, de una prosa arriesgada, novedosa, sorprendente –como todo viaje- que maravilla con sus intrincadas propuestas. Un barroco chiapaneco a la vez modernísimo, contemporáneo de estas dilatadas horas de la post-historia. Vale la pena aventurarse en ese discurso novedoso y bañarse en sus aguas literarias, transgresoras de la tradicional gramática.

Pero también hay otros viajeros que vemos a diario inundando las calles de nuestra Patria, no sólo en nuestros poblados fronterizos chiapanecos sino a lo largo de todo el territorio nacional en su persecución de alcanzar el Norte. Se trata de los migrantes centroamericanos y de otras latitudes que ya corren parejos, mezclados, confundidos pero siempre solidarios, con nuestros hermanos que huyen de la desatención local de sus necesidades laborales. De ello nos habla Pablo Rodríguez, pero nos incluye un ingrediente añadido a esas correrías que corresponde a la suma de chiapanecos, como Ramiro, que ya van mimetizados en la marea humana que asciende el continente. El camino inverso en dirección al de la bicicleta de Julia y Richard. Con un sentido diferente. Unos a buscar el pan de cada día, los otros a buscar hacia el sur el cereal diario de las sorpresas y el pan consuetudinario del espíritu.

Difícilmente se conforma el ser humano con tan sólo uno de ambos panes. Y de ahí parte la búsqueda, el viaje.

Otro gran viajero que dejó poemas convertidos en edificios portentosos fue el arquitecto Teodoro González de León. El viaje primordial de su vida fue ir dejando semillas arquitectónicas a su paso, que vendrán recogiendo sus émulos profesionales. Por eso invitamos a una alumna suya, la Arq. Jimena Torre Rojas a compartirnos una semblanza del maestro y de su obra escrita –que también lo fue un estupendo escritor-, Lecciones que nos dejó para que puedan paladearlo esas decenas de arquitectos chiapanecos colegiados que seguramente vislumbran una nueva faz urbanística, más orgánica y humana para nuestros poblados y sus respectivos pobladores. He aquí las “Lecciones” que pudieren serles útiles.

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