La frontera en Los arrieros del agua


De pronto me vi en el vehículo en el que iban don Carlos Navarrete y mi amigo, quien me había invitado al viaje. Era la tarde del 14 de enero de 1992. Viajábamos hacia Villaflores en busca del culto a Esquipulas. Don Carlos tenía le intención de registrarlo, uno más de los tantos que había ido rastreando por la república mexicana. Nos instalamos en el hotel del centro del lugar; lo recuerdo lleno de helechos. Se respiraba el ambiente de fiesta. La tarde nos dejó acudir al templo. Vi cómo don Carlos iba de un lado a otro; preguntaba por la novena al señor de Esquipulas. Sabía que se trataba de un texto con dos o tres características relevantes. Hacía fotos, hablaba con las señoras y los señores de la junta de festejos. Mi amigo y yo lo mirábamos a cierta distancia. Nos asombraba el ímpetu con el que inquiría sobre el objeto de su devoción. Sí, así lo he querido definir ahora. Me he resistido a llamarlo objeto de estudio. Es impensable ir hacia la aprehensión de algún estado de cosas sin ese fervor con el que don Carlos se perdía entre quienes habrían de hablarle sobre el culto al señor de Esquipulas. Me dediqué a escucharlo.

Quería escucharlo. Sabía de él por su libro titulado Un reconocimiento de la Sierra Madre de Chiapas. Apuntes de un diario de campo. Lo compré en una de las primeras ferias del libro del palacio de minería, cuando la UNAM, en la parte alta del palacio, dejaba en el suelo muchas de sus publicaciones; eran vendidas a bajos precios.

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